Oporto, ciudad de contrastes

La conocí una tarde de año nuevo con los últimos rayos del sol, en  un invierno apacible que acentuaba los aromas que las estrechas y empinadas callejuelas desprendían: pescado a la parrilla, castañas asadas y ese olor a humedad característico de los puertos, impregnado de  mar y de nostalgia.

Podía olerla y saborearla. Y el regusto que mis sentidos percibían dejó de ser una sensación cuando escuche su voz que, como un lamento quimérico, erizó mi piel y estremeció mi alma. Los gemidos de una guitarra, esparcidos por el viento, caían como gotas de melancolía, dejándome sentirla.

El invierno me mostró su lado más bohemio y mis sentidos se quedaron anclados en ella. Volví en verano, pero su rostro tenía otra expresión y la nostalgia de su voz fue reemplazada por  risas, murmullos y fados alegres. Su olor también había cambiado o  era menos perceptible. El calor hacía relucir otros aromas que se mezclaban entre sí, incluidos el sudor y el perfume de las gentes.

Y entonces la vi como realmente era: una ciudad del pasado, envuelta en el manto de la decadencia y adornada con hilos de modernidad; una ciudad romántica y alegre, que sabe a nostalgia, a melancolía, a bacalao a la parrilla con un poco de sal; una ciudad de placeres y contrastes, de tranvías extintos, de librerías de fantasía, de cafés de otras épocas perfumados de suntuosidad; una ciudad que detiene el tiempo, y en donde, si quieres, todo vuelve a empezar.

Así es Oporto: colorida, dulce, embriagadora y fuerte como su vino.

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