Amazonía, 15 de febrero de 2020

Huyen. Están aterrados. Sienten su eruptivo aliento y el crepitar de la materia que se desploma y le hace más fuerte. Huyen, sin saber a dónde ir. Solo quieren alejarse de su presencia, que les rodea y les asfixia. El rojo opresivo de su fulgor se eleva como un espíritu gris que lame, muerde y lo engulle todo. Los más rápidos consiguen escapar de su fétida y ardiente bocanada; sin embargo, los adheridos a mí, los primeros en la línea de combate, oponen resistencia. Mis hijos, los más longevos y robustos, soportan la embestida de las llamas que enfurecidas subyugan su follaje y desnudan sus cuerpos cubriéndolos de negra fatalidad. Los arbustos, palmeras, plantas y árboles esbeltos sucumben a la refriega y se desvanecen en humaradas de cenizas dejando un paisaje fúnebre de antorchas agonizantes.

Amazonía, 28 de febrero de 2020

Han pasado dos semanas desde que la cerilla, como un ópalo de luz, se fundiera con la hojarasca en una cama de fuego. De su encuentro fortuito surgió una pequeña chispa que se desplazó como una ola, quemando todo lo que encontraba a su paso. La selva dormía silenciosa cuando la zarpa asesina volcaba su rabia devoradora sobre mis entrañas. La oscuridad le encubrió y el viento, aliado involuntario, expandió su dominio succionando la savia verde que cura, calma y alimenta. Aún escucho el lamento de mis hijos y el olor a muerte que emana de sus recuerdos. En mi memoria se proyecta, una y otra vez, el danzar de la llamarada insolente retorciéndose sobre sí misma que avanzaba seductora como una diosa, calcinando la vida.

Amazonía, 20 de marzo de 2020

El cielo ruge y la lluvia se precipita ansiosa sobre un cementerio de sombras. Su efecto purificador limpia el aire y se lleva el olor a podredumbre que mancillaba la atmosfera.  El rumor de la selva se hace evidente y todo en ella resuena con nitidez. No hay voces de fondo ni chirridos de máquinas. Y allí, donde antes había un sendero, la natura silvestre resurge reclamando lo que le pertenece, su lugar. La lluvia cesa y da paso al silencio. La ausencia de humanidad incita a mis pequeños a salir de sus madrigueras. Olisquean. Buscan el rastro que antecede a la muerte, pero no está. En su lugar, huele a tierra mojada, a brisa fresca, al sudor de los árboles, a fruta madura esparcida por el suelo y a hierba.  

Amazonía, 30 marzo de 2020

La selva ronca bajo el canto de las constelaciones. En el pueblo, los loros y las golondrinas siguen, como estatuas, en las lianas de plástico que atraviesan el parque. No hay gente en las calles. El reloj biológico de las aves sucumbe al mutismo y a la soledad. Algo ha cambiado. Las personas llevan días sin salir de sus casas y, cuando lo hacen, cubren sus rostros. Todos parecen iguales y tienen algo en común: miedo. Miedo a estar cerca, miedo a abrazarse, miedo a respirar el mismo aire, miedo a contagiarse, miedo de ellos…, miedo a morir.

Mis hijos están seguros.

Imagen: Captura de pantalla en https://elpais.com/sociedad/2020-07-02/la-amazonia-registra-en-junio-el-mayor-numero-de-focos-de-incendio-de-los-ultimos-13-anos.htm

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