Morimos, pero somos tantos que unos miles no hacen mella en una sociedad que sale de sus casas, tras el confinamiento, como si de una cárcel de máxima seguridad se tratara. Una sociedad que se agolpa en las terrazas porque aquello del virus solo afecta a quienes se fueron y los muertos, muertos están.  Una sociedad de jóvenes en la que reunirse con sus amigos y disfrutar de las noches de verano es más importante que la salud de aquellos que agotaron sus tardes de jubilación en la salida de los colegios y parques aledaños para cuidarles en la ausencia de sus padres, porque a los hijos hay que ayudarles.  Una sociedad en la que pedir que cumplas las normas, que te pongas la mascarilla para entrar al supermercado o subir a un autobús te puede llevar a la muerte, como si el virus no fuese suficiente. Una sociedad que discrimina a quienes se han enfermado o a quienes trabajan en los hospitales por temor a contagiarse y les piden que se marchen, les prohíben entrar en sus propias casas o en el peor de los casos, les agreden. Esa misma sociedad, unos meses después, sin el más mínimo remordimiento, celebra reuniones o se aglomera en las playas sin distancia de seguridad y sin mascarilla porque urge disfrutar de los amigos y de los días de sol, porque lo que pasó, pasó.  Una sociedad para la que es imperativo festejar, aunque sea en la clandestinidad y a quienes la muerte les sorprende en una estampida por la presencia policial, no fue el virus, pero es una consecuencia de él. Una sociedad que no aprende de sus errores y vive en lo que cree es su verdad, tan absurda como su propia existencia.

En la Sociedad de lo absurdo, en la que vivimos, protestamos por usar mascarillas, por el cierre de las discotecas, por no poder fumar en la calle, por la incitación de algunos famosos y porque nos da la gana.  Esa misma sociedad que lloraba por Notre Dame, que pedía ayuda por el Amazonas y que calificó de apocalíptico los destrozos de la explosión en Beirut se ha olvidado de las miles de personas que han fallecido, porque no hay una imagen que nos taladre la mente y nos arrugue el alma; porque reaccionamos a lo visible y aquello que no impacte visualmente, simplemente no existe o no ha ocurrido.  Imaginemos, por un momento, un día en un hospital con su capacidad de atención sobrepasada. Yo veo enfermos en los pasillos: sentados, de pie y algunos en el suelo sin poder sostenerse. Veo a médicos y enfermeros resguardados en sus trajes de protección con pantallas en la cara (parece una escena de ciencia ficción), desesperados, intentando atender a quienes están más graves. Entro en la UCI y veo a gente de todas las edades entubados, con los rostros pálidos, conectados a máquinas cuyo sonido es la prueba de que aún viven, por el momento. Escucho al personal sanitario hablar, dicen que nunca han vivido algo parecido. Algunos lloran, sus cuerpos están agotados, pero su mente más. Han visto morir a tantas personas que han perdido la cuenta, los han acompañado en sus últimos momentos para que no partan en soledad, en aislamiento y con la certeza de que cada momento vivido ha sido un milagro, un regalo porque la vida es un préstamo, y sí la senectud ha pagado tus intereses, llegarás al final de tus días con el pelo blanco, la piel arrugada y tu andar pausado de los tantos caminos que has transitado. Entonces y solo entonces has sido dueño de tu vida y no de las circunstancias. De los prestamistas del tiempo que acechan, que se disfrazan de accidentes, de virus, de enfermedad y de maldad con rostro de personas que arrebatan sueños y quitan años.

Veo a la vida y la muerte tomadas de la mano. Pasean por el hospital. Entran y salen de aquel lugar frío y desolador, abarrotado de inertes, tan juntos unos de otros, que apenas hay espacio para respirar, pero cuando estás muerto eso da igual. Desde aquí, parece que ha estallado una guerra o ha explotado una bomba porque no cesan de llegar heridos (contagiados) y las heridas que presentan algunos son muy graves (síntomas)… ¡Dios mío, ¿qué está pasando? Salgo del hospital y afuera todo sigue igual: el cielo está despejado, el sol brilla y los árboles se mecen al compás del viento. Las calles continúan con su rutina: transitadas por coches y gente.  Miro a mi alrededor y todo está en su lugar, no hay destrucción material, no hay daños que lamentar. Solo vidas que se han ido, familias rotas y un virus que promete, en su invisibilidad, extender sus pasos, dejar su huella y mermar a la absurda y predecible humanidad.

Imagen: elaboración propia

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