En marzo, Madrid, la ciudad que nunca duerme, sucumbía a un sueño largo y profundo. Sus calles, ríos humanos que se desbordaban los fines de semana, hoy permanecen desiertas, vacías…Huérfanas. Las estrechas callejuelas iluminadas por las terrazas de los bares y amenizadas por las voces de sus comensales, se encuentran silentes y transitables. Arropadas por la penumbra, bajo el amparo de las luces mortecinas de las farolas. Testigos de las noches y los amaneceres sin gentes.

El año 2020, en el que se vislumbran grandes avances tecnológicos e industriales,  quedará en los anales de la historia como el año del confinamiento. El año que dejó en evidencia nuestra fragilidad y lo poco preparados que estamos ante aquello que no se ve, pero que en nuestro interior crece y se hace visible en la ausencia de los que ya no están. Las armas y las ideologías no sirven para amainar el virus. La ciencia que se dedica al estudio de la vida, sí. Paradójicamente ella y quienes la ejercen, los primeros en la línea de batalla, se encuentran desarmados. Exponiéndose como lo hace un soldado en la más cruda de las guerras. La gran diferencia entre estos dos frentes es nuestra humanidad. Esa que nos hace previsibles y accesibles. El enemigo que hoy nos acecha, aunque minúsculo e impalpable, ha cambiado nuestra forma de vida y todo aquello que parecía indispensable, ya no lo es. 

Abril acaba, y desde sus inicios la lluvia marcó uno de los meses más tristes de nuestra historia reciente. Tal vez el cielo, con el gris de su rostro, mostraba la tristeza por las almas que hacían cola para entrar en él. Eran tantas las que llegaban a diario, que no podía contener su llanto y caía sobre la faz de la tierra como gotas de lluvia. Sus gritos que retumbaban como truenos, eran seguidos por el ladrido quejumbroso de los perros. Y sus brazos, tan grandes y fuertes, se agitaban moviendo los árboles con fuerza, con rabia, con impotencia. Lloraba, gritaba y susurraba roto de dolor, porque el cielo sabe sus nombres.

Son muchos los que se han ido. Son muchos los que hoy, como el cielo, lloran. Se lo que duele cuando un ser querido exhala su último suspiro y no estás ahí para abrazarle y despedirte. Conozco de primera mano esa sensación: impotencia, desazón, fragilidad y desolación. Todo junto. Como un cóctel que te embriaga y te sumerge en un absoluto desconcierto. En los últimos catorce años de mi vida, familiares, amigos, compañeros y conocidos tomaron el tren que los llevó a ese viaje sin retorno. He llorado su partida en la distancia, en soledad, en silencio y con resignación. Esa que solo llega con el tiempo, con eternas madrugadas de quejidos lastimeros y noches de insomnio donde se arremolinan los recuerdos. Hasta que un día cualquiera, cuando parece que ya no puedes llorar más, las lágrimas cesan y los ojos se cierran agotados y exprimidos. Suspendidos en la continuidad de los días que pasan impasibles, porque el mundo no se detiene aunque algunos, miles, dejen de existir. Pero el cielo, aunque no lo creas, sabe sus nombres.

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