Querido Santiago.

Esperando a esa esquiva dama que es la Suerte, esa que te abandonó y que al parecer también me abandonó a mí, conocí a otra: la Paciencia.

Es una gran amiga, durante estos quince años me ha acompañado cada viernes a la Administración de correos en busca de una carta que no sé si algún día llegará, pero tú bien sabes que nunca es demasiado tarde para nada.

Que te voy a contar sobre la Paciencia si la conoces mejor que nadie. Tu oficio de pescador te ha hecho pasar largas jornadas con ella y sus consejos te han colmado de fe y esperanza. Dos virtudes que Manolín, el joven pescador, ha aprendido de ti. Un legado muy valioso en los tiempos que corren, porque la falta de ellas está consumiendo día a día a mi mujer. Las enfermedades del cuerpo se pueden tratar, pero las del alma son muy complicadas cuando te invade la desesperanza.

Santiago, cuando siento desfallecer, recuerdo tu historia. Y sí tú pudiste sobrevivir en el mar, acechado por tiburones; yo podré subsistir en tierra firme y sin esa carta que en los últimos años se ha convertido en el eje de mi vida.  

Aún me queda el gallo y me aferro a él como tú lo hiciste a ese enorme pez.

Un abrazo afectuoso.

Tu amigo.

El coronel.


Apreciado amigo.

Nuestra amiga la Paciencia es muy sabia, me acompaña desde que me dedico a la pesca. En los ochenta y cuatro días que estuve sin pescar, fuimos inseparables.  Ella es lo único que nos alienta a no perder la fe.

Coronel, un hombre puede ser destruido, pero no derrotado. Cuando estuve solo, rodeado de tiburones y sin armas con las que poder defenderme pensaba que había llegado mi hora. Aun así, no se los puse fácil.  Recordé al pez tirando del bote y miré mis manos destrozadas por el sedal.  Ambos, con paciencia y respeto, nos llevamos al límite: el murió y yo sobreviví, a pesar de las circunstancias.

Durante toda mi travesía recordaba con afecto a Manolín. Tal vez, el temor de estar solo y sin fuerzas ante algo más grande que yo, me hizo valorar su valentía y sus cuidados. Ese chaval me ha enseñado más a mí de lo que yo a él.

Tú no estás solo y, aunque sientas que los tiburones te atacan con la impaciencia y la desesperanza de tu mujer, recuerda que ya has sobrevivido a quince años de espera.

Solo hay una cosa a la que aferrarse: la vida.

Tu amigo de siempre.

Santiago.

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