La niebla con su densa levedad, todo lo cubría y con su llanto silente, lo humedecía.  La naturaleza, viva y marchita, recogía sus lágrimas como gotas de rocío, como testigos fehacientes de su presencia, pero también de su ausencia. En la distancia, la silueta de un árbol desnudo emerge como una sombra desprovista de su fuente, y la carencia de color de su esquelético y enigmático ser, le hacen perceptible en el velo gris y blanquecino que todo lo envuelve, y en el que lo visible desaparece.

El gélido aliento del otoño resoplaba con fuerza: despejando lo denso, estremeciendo la piel y calando en los huesos. En la claridad, el árbol desnudo se yergue irreverente ante el verde exuberante que le rodea, que le excluye, que le marchita y le envejece. En su vértice, tres figuras se posan ahí donde solo las aves pueden llegar; su tronco famélico se inclina y resiste al peso de sus huéspedes, y a las ráfagas de viento que le azotan y le incitan a bailar su vals en un vaivén incesante donde el ritmo frenético de la vida desaparece, mostrando su pasividad, su brevedad y la inexistencia de lo existente, como la niebla.

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