Como una paloma blanca entre pingüinos, con pasos seguros, sacando el pecho y extendiendo sus alas para alcanzar la gloria de las letras. Así se veía Gabriel García Márquez en la Sala de Conciertos de Estocolmo (Konserthuset Stockholm), en la ceremonia de los Premios Nobel de 1982. Su figura menuda, enfundada en un traje de dos piezas confeccionado en lino blanco, resaltaba entre los galardonados y los asistentes quienes vestían de frac (el atuendo masculino de gran gala para ceremonias y actos solemnes), cumpliendo con la etiqueta requerida para el evento.  

En la fría Estocolmo, un diez de diciembre, el nobel colombiano hizo algo más que recibir el galardón más importante de la literatura universal. Con su liquiliqui, un traje originario de los llanos de Colombia y Venezuela que solo visten los hombres en ceremonias especiales, rendía homenaje a su abuelo, Nicolás Márquez, quien además de ser parte de su universo literario, también había participado en las guerras internas de Colombia. Un atuendo con el que reafirmaba su identidad e ideología, pero a su vez transgredía en la propia esencia de una ceremonia que vio como un personaje de Macondo se colaba en el escenario para recibir, de manos del Rey Carlos XVI Gustavo de Suecia, la inmortalidad.

Gabo sabía muy bien el efecto de su transgresión. El concepto de etiqueta no era ajeno para el nobel. Los personajes de sus obras exteriorizaban su personalidad con la vestimenta. En El amor en los tiempos del coléra, la etiqueta fue un personaje más que marcó el inicio de la novela y también su final.

El doctor Juvenal Urbino tenía una rutina fácil de seguir […] Luego se bañaba, se arreglaba la barba y se engomaba el bigote en un ámbito saturado de Colonia de la legítima Farina Gegenüber, y se vestía de lino blanco, con chaleco y sombrero flexible, y botines de cordobán (Pg. 9).

La noche de la muerte del doctor Urbino estaba vestido como lo sorprendió la noticia, que era como estaba siempre a pesar de los calores infernales de junio: de paño oscuro con chaleco, un lazo de cinta de seda en el cuello de celuloide, un sombrero de fieltro, y un paraguas de raso negro que además le servía de bastón. Pero cuando empezó a clarear desapareció del velorio por dos horas, y regresó fresco con los primeros soles, bien afeitado y oloroso a lociones de tocador. Se había puesto una levita de paño negro de las que ya no se usan sino para los entierros y los oficios de Semana Santa, un cuello de pajarita con la cinta de artista en lugar de la corbata y un sombrero de hongo (Pg. 41).

Juvenal Urbino y Florentino Ariza, los amores de Fermina Daza, opuestos en su carácter y en su forma de vestir: uno de lino blanco y otro de paño oscuro, un contraste entre el fondo y la forma. Entre la vida fácil de uno y las vicisitudes del otro. El cielo y el infierno materializados en colores y texturas.

La forma en como vestimos nos libera.  Así se despojó Florentino Ariza de años de soledad y desamor.

Le pareció distinto, no solo porque ella lo veía entonces con otros ojos, sino porque en realidad había cambiado. En lugar de los atuendos fúnebres de toda la vida llevaba unos zapatos blancos muy cómodos, pantalón y camisa de hilo con cuello abierto y manga corta y monograma bordado en el bolsillo del pecho. Llevaba además una gorra escocesa, también blanca, y un dispositivo de lentes oscuros superpuestos a sus eternos espejuelos de miope. Era evidente que todo era de primer uso y acabado de comprar a propósito para el viaje, salvo el cinturón de cuero marrón, muy usado, que Fermina Daza notó al primer golpe de vista como una mosca en la sopa (Pg. 273).

En la ficción como en la vida misma, así es de importante la etiqueta. En las culturas y en las sociedades nos representa, nos define, habla por nosotros y nos hace libres.

Fuentes: García, G. (1985). El amor en los tiempos del coléra. Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U. Barcelona. Edición formato digital. Imagen: https://elpais.com/cultura/2014/04/03/actualidad/1396552129_445979.html

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